miércoles, 28 de diciembre de 2011

GULA.Parte II- Otto y Mussy

El sol era abrasador en el exterior, pero aun y así, la oscuridad de la habitación seguía luchando por mantener su hegemonía, pues era tozuda como pocas y jamás arrojaba la toalla, jamás daba su brazo a torcer. A su favor, unas viejas cortinas color sepia, carcomidas por las polillas seguramente, en un claro reflejo de la dejadez del lugar, de la dejadez del hotel Wallestein. A través de ellas, los largos tentáculos del astro rey manoseaban la intimidad de las tinieblas, flirteando con aquello que no era suyo, con aquello que no le pertenecía y cuando esta, la siempre solitaria y muchas veces incomprendida oscuridad, se descuidaba, allí estaba la luz cegadora, portadora de su falsa condescendencia, para reclamar lo que falsamente, creía suyo. Y todo esto, por supuesto, ante la atenta mirada de los tres corderitos, atados cada uno de ellos a una silla, amordazados, aterrados por aquella inmensa y descomunal masa de carne grasienta y pestilente, que sudaba y sudaba mientras inundaba la estancia con su apestoso hedor a humanidad perdida. Pobres borreguitos, obligados a participar en el circo de aquel degenerado desnudo, quien no paraba de gesticular de forma exagerada mientras relataba sus hazañas con aquella boca ensalivada y aquellos ojos desorbitados intentando penetrar en la nada. De todos los pueblos, de todos los hoteles, aquella desgraciada familia había tenido que caer justamente en aquel pueblo, en aquel hotel. Mala suerte dirán algunos, otros dirán, destino. Pero aquello ya no tenía la menor importancia, la situación era la que era, y a los borreguitos, no les quedaba otra que seguirle el juego a Otto, quien seguía inmerso en sus fábulas, en sus alimenticios sueños húmedos, en las fantasías de aquel que ha perdido la razón y busca el camino de regreso en un sucio callejón sin salida.

Los Flannegan eran buena gente, George y Melissa, un matrimonio bien avenido, entre cuarenta y muchos y cincuenta y pocos, ni gordos, ni flacos, más bien, normales, o lo que se suele entender por normal. Luego estaba Sofía, el fruto del amor de la pareja, su hija. Una jovencita deliciosa, de unos veinte años aproximadamente, extremadamente atractiva. Pelo negro largo, piel pálida, delgada pero no exenta de curvas, con un delicioso vestido negro muy ajustado y muy cortito también, el cual de seguro, no le habría hecho mucho gracia que digamos al bueno de George cuando la vio bajar por las escaleras de casa minutos antes de tirarse (se entienda esto) a la carretera. Para rematar y siguiendo con Sofía, sería de locos o de mentirosos, pasar por alto aquellos sexys zapatos de tacón de aguja sobre los cuales descansaban sus adorables pies, con las uñas de aquellos no menos deliciosos deditos pintadas de intenso rojo sangre. Sería una gran locura y también una gran mentira.

Pobres Flannegan, huéspedes, justamente, de entre todas las habitaciones del hotel, de la que compartía pared con el hambre. Con el más profundo, voraz, incontenible e insaciable de los apetitos. Quien tan solo unas horas antes,  les había observado por la mirilla desde la intimidad de su habitación, como llegaban a aquel asqueroso antro en medio de la nada para hacer un pequeño alto en el camino, merecido descanso para un George que llevaba ya, demasiadas horas al volante. ¿Qué mejor que unas horitas de descanso a la sombra? Pensarían los buenos de los Flannegan mientras aquella conocida nuestra, la irreverente bola de fuego que todo lo poseía en Sunshine, clavaba su lasciva mirada sobre el auto de aquella familia de clase media que atravesaba el país para conocer la vieja mansión familiar que habían heredado tras la muerte de la  abuela Cheesa, quien llevaba años luchando acérrimamente contra una terrible enfermedad degenerativa y que al año pasado, había dicho, basta, hazme tuya. Tómame en tus negros brazos oh misericordiosa muerte y líbrame de todo este sufrimiento, de toda esta banalidad.
Los tres estaban en fila, uno al lado del otro. George, fuertemente magullado, fue el que se había llevado la peor parte cuando Otto irrumpió en su habitación mortero en mano. No era la primera vez que el hombretón se cebaba con el cabeza de familia, como amablemente le revelaría al propio George horas mas tarde. Aunque tampoco es que este opusiera mucha resistencia, poco pudo hacer ante aquella bola de grasa, terriblemente ágil dada su complexión, quien se abalanzó sobre el matrimonio mientras estos dormían plácidamente. Un par de morterazos, uno en la cara y otro en la cabeza, fueron suficientes para reducir al hombre. La mujer, poco pudo hacer mas que gritar ante tan perturbadora escena, retirándose de la cama como pudo y acurrucándose en una esquina de la habitación, consciente de que poco o nada podía hacer ante semejante monstruo, quien una vez había terminado con su marido, giró la mirada hacia ella, una mujer madura pero bien conservada que no tardó en despertar el apetito de su pene, erecto nuevamente y se acercó hacia ella, dejando caer el mortero sobre la sucia moqueta para poder agarrarla por el cuello con sus inmensas y sudorosas manos. No hizo falta apretar en aquella ocasión, pues la mujer perdió el conocimiento justo al sentir el contacto. Al morir los gritos, todo quedó en silencio unos instantes, pero breves, muy breves. Otto, de oído extremadamente fino, se percató de la sutileza de un gemido, del sonido del agua caer también. Era Sofía, quien se masturbaba en el baño mientras se dejaba violar por una reconfortable ducha de agua tibia, sin duda, pensando aun en la polla de su novio, quien la había follado hasta la extenuación la noche anterior, sabedores ambos, de que iban a estar unos cuantos días sin verse. Otto irrumpió en el baño como un animal en celo, destrozando el endeble cerrojo de la puerta y prácticamente arrancó la cortina de plástico sin tocarla, quedando al descubierto el escultural cuerpo de Sofía, al a que no dudó un instante en penetrar con aquel desproporcionado rabo suyo. La chica, atrapada entre las carnes de la bestia y sumida en una desconcertante sensación a medio camino entre el placer, el dolor y la mas asquerosa de las repulsiones, apenas tenía fuerzas para agarrarse a la barra de la cortina mientras Otto arremetía una y otra vez contra su en comparación, diminuto cuerpo.

Cuando terminó de saciar su apetito sexual y de inundar de esperma la vajina de aquella pobre chica, quien se desplomó rendida sobre el plato de la ducha, mientras este, se teñía de rojo, Otto le ordenó que se levantase, se vistiese, y le ayudase a transportar a sus padres a la habitación de al lado.  Una vez allí, colocó tres sillas una al lado de la otra, los sentó, los ató y los amordazó. Luego, cuando despertaron, incluida Sofía, quien también terminó por perder el conocimiento al comprobar como la sangre de su interior le acariciaba los muslos y moría en sus delicioso pies, Otto, muy educado, como buen cristiano, eso si, comenzó a poner en antecedentes a sus nuevos compañeros de habitación. Déjenme que les cuente.

Apenas había comenzado con su historia, escuchó voces en el pasillo. Discúlpenme un momento, se excusó ante unos aterrados Flannegan, perplejos y devorados por el miedo delante de aquel descomunal cuerpo desnudo, quien se acercó hasta la puerta para volver a observar por la mirilla. Tres personas había en el pasillo, frente a la puerta de una de las habitaciones, para ser concretos, la ubicada al final del mismo. Dos hombres con sombrero de vaquero y una mujer. Otto deseo comérsela nada mas verla, intentando sentir su olor a través de la puerta, aspirando con todas sus fuerzas para intentar captar su esencia, no pudo. Los tres entraron en su habitación. Otto se giró hacia los Flannegan claramente contrariado, secándose el sudor de la frente con una de sus manos mientras con la otra se frotaba una de sus peludas ingles. Los Flannegan, por supuesto, paralizados por el terror, lo único que hacían era mirarse entre ellos mientras intentaban articular palabras desde detrás de la fuerte mordaza. George intentaba gritar. Su esposa e hija, tan solo lloraban. El hombretón esperó unos minutos, se le veía desconcertado. Su siguiente movimiento fue acercarse a sus cosas y abrir su bolsa de viaje, mientras buscaba en ella y decía: -Mussy, Mussy, quiero comerme a esa chica, ¿Cómo lo hago?, ¿Cómo Lo hago? Pero no obtuvo respuesta, Mussy no estaba. Otto quedó paralizado ante tal descubrimiento, intentando pensar que podría haber dicho o hecho para ofender a su socia y que esta se hubiese marchado, para ser condenado a su silencio, a su indiferencia. Pensó y pensó… y al fin recordó. Sin duda se la había dejado en el mostrador de recepción, distraído después de haber intentado venderle sus productos al propietario del hotel. -Tengo que corregir mi error, la necesito- pensó. Y salió como un cohete hacia la puerta, la abrió dispuesto a cabalgar cuan príncipe en corcel hacia su princesa, pero al abrir la puerta descubrió que había alguien en el pasillo, era el propietario del hotel, quien escuchaba con la oreja pegada a la puerta de la habitación en la cual habían entrado un rato antes los vaqueros y la chica. Este se giro y le miró, miró asombrado su cuerpo desnudo. Otto le miró a él también… El viejo Wallestein se quedó alucinado, aunque los gritos de Sally, rápidamente, le enseñaron el camino de vuelta a la realidad.

El sr. Wallestein se quedó mirando aquella informe masa de carne y grasa apostada a pocos metros de él como Dios, Satán o una vieja perra le había traído al mundo. Otto no se movía, solo le miraba y el silencio que reinaba se hizo eterno, se hizo doloroso, era el presagio de la locura.
-Señor, no puede andar así por los pasillos-se atrevió a pronunciar Wallestein
-¿Así?¿Cómo?-respondió Otto sin mover un centímetro de su desproporcionada anatomía
-Desnudo, señor, desnudo
Fue en ese momento cuando Otto se miró, bueno, lo que llegaba a verse, pues su inmensa barriga le tapaba todo lo que hubiera mas abajo. Otto se miró y contemplar su desnudez le hizo sonreír, aquello le hacía disfrutar como el mas demente de las criaturas que poblaban aquel infierno llamado Sunshine.
-Por favor, entre en la habitación y póngase algo de ropa, se lo pido por favor señor, no me obligue a tener que llamar a la policía- volvió a decir Wallestein
-No será necesario- dijo Otto mirándolo muy fijamente- solo una pregunta, ¿ha visto usted a Mussy? creo que la dejé en el mostrador de recepción.
-¿Mussy? Discúlpeme caballero, no conozco a ninguna Mussy y si es tan amable, le rogaría de nuevo que se vistiera, se lo estoy pidiendo por las buenas.
Otto entró de nuevo en la habitación refunfuñando, puede que él fuera el gordo mas hijo de puta de la humanidad, pero su cerebro aún no había experimentado la obesidad de aquel que no es capaz de intuir el peligro.
Al cerrar de nuevo la puerta de aquella habitación reconvertida en matadero, los llantos se acentuaron y el miedo se podía oler a mil millas de distancia y era tan embriagador que Otto creyó que podría hacerlo sin ayuda de Mussy, tenía tanta hambre...
Acercó su grotesca desnudez al lado de los tres pobres diablos a los que les acababa de tocar la lotería, el gordo para ser mas exactos...
-Le voy a quitar la mordaza  a las damas, porque yo se que son chicas listas y no van a gritar, porque las chicas listas saben que si ellas gritan yo te haré gritar a ti y seguramente nos vamos a entender mejor con un poco de silencio y respeto- dijo Otto mirando a George- además, no me parece cristiano tenerlas ataditas sin que puedan rezar en alto. Me encanta oír a las mujeres rezar en alto, tienen una voz tan delicada...¿no le parece?-dijo otra vez mirándole fijamente.
George asentía con un ojo cerrado, así evitaba que toda la sangre que le chorreaba por la frente, debido a la inmensa herida abierta de su cabeza, le cayera directamente a sus cuencas oculares, ya había comprobado todo lo que escocía.
Otto primero quitó el pañuelo de la boca a Melissa, luego hizo lo mismo con Sofía. Ellas sollozaban, intentaban hacerlo bajito.
-Por favor señor no haga daño a mi hija-se apresuró a decir Melissa
-No se preocupe, yo también tengo una hijita, se llama Eva ¿sabe usted? Es un ángel, como mi Helen, me las mandó el señor hace mucho y nunca le estaré lo suficientemente agradecido.
-Entonces usted me entiende, Sofía es lo que mas quiero en este mundo, así que si tiene que hacer daño a alguien, por favor hágamelo a mi- terminó de decir la sra.Flannegan
Otto ya no la prestaba atención, se dirigió a la bella Sofía y la dijo:
-Así que Sofía ¿eh? Tienes un nombre precioso,¿sabías que significa sabiduría? Seguro que sí lo sabías, las chicas de tu edad sois muy curiosas.
Sofía le miraba aterrorizada, seguía en estado de shock por el incidente de la ducha. Intentaba esconder la vergüenza en lo mas profundo de su ser, intentaba que aquella sensación hubiera desaparecido por el desagüe de la ducha, pero no lo lograba, no lo estaba logrando...estaba empezando a entrar en pánico.
Otto la desató y la hizo darse una vuelta para contemplarla bien. Aquella jovencita era preciosa, era adorable y le parecía tan sexy que creyó que era una prueba del Señor, una de esas tentaciones en las que hay que caer para comprobar cuanto mal hay en la Tierra,  cuanto mal hicieron los hombres al imitar a Adán y comer de la manzana de las mujeres, al hacer caso a Eva...ohhhh, mi pequeña Eva, ahora estará dormidita...mi Helen sabe cómo cuidarla.
-Por favor, déjela no la haga daño, se lo suplico- insistía Melissa
-¡Cállate ya , zorra!- la dijo mientras la soltaba un puñetazo en la mandíbula tan bestial que se la desencajó, provocándole un dolor tan punzante que la llevó a la nausea.
Sofía comenzó a gritar y Otto la tiró al suelo, George se movía desesperado, intentado soltar las cuerdas, intentaba también gritarle algo a Otto, pero la mordaza se lo impedía y la impotencia era tan grande...
Una vez en el suelo, arrancó la ropa de Sofía, quien seguía sangrando por la entrepierna y la miró con GULA, con auténtica gula, y la abrió las piernas tan violentamente que partió la cadera izquierda de la muchacha. Sofía aullaba de dolor, no lo podía soportar y Otto reía, jijijiji, una comida muy divertida, pensaba.
Luego se arrodilló ante el cuerpo de la joven y palpó su vagina, se llevó los dedos a la boca y aquella sangre mezclada con su semen aun caliente, era tan absolutamente delicioso que no se pudo contener, se agachó y de un desmedido mordisco, arrancó los labios genitales de una Sofía que había traspasado el umbral del dolor y la cordura hacía ya unos minutos. Otto masticó y tragó con ansia, ni siquiera le importó engullir los finos vellos púbicos que adornaban aquel exquisito pubis.
Melissa pedía ayuda tan fuerte como podía, George creyó que despertaría de aquella pesadilla pronto, pero no despertaba, no despertaba...
Otto agarró el coño ensangrentando de aquella perra, introdujo su mano entera en la gran hendidura que ahora tenía y de un solo impulso tiró hacia arriba, arrancando de cuajo la pelvis de Sofía , que ya agonizaba entre estertores. La sangre brotaba majestuosa y exagerada, lo inundaba todo y Otto bebió de aquella fuente hasta calmar su sed. Mordió la cara interna del muslo derecho de Sofía y arrancó una buena tajada, luego mientras masticaba , se levantó y se puso unos pantalones y una camiseta y se dispuso a ir a por Mussy, porque ya solo podía pensar en ella, no podía dejar de pensar en ella, solo existía ella y esa pequeña iba a disfrutar tanto del festín, que seguro que se le pasaba el enfado.
Cerró la puerta, el espectáculo que dejaba detrás era dantesco. Bajó hasta la recepción de aquel infecto motel y volvió a encontrarse con Wallestein, quien no le miraba con cara de muchos amigos.
-¿Ha encontrado a Mussy?- preguntó Otto
-Disculpe caballero, ya le he dicho que no conozco a ninguna Mussy
-Es pequeñita, morena, con dos coletitas y un vestidito corto de rayas blancas y rojas...es una preciosidad
-¿se refiere usted a la muñeca?- dijo Wallestein sacando a Mussy de debajo del mostrador
-¿Muñeca?- preguntó Otto
Wallestein ya no dijo nada mas, simplemente devolvió a Mussy a su dueño y se metió en la pequeña habitación que había detrás del mostrador.
Nada mas verla, Otto sonrió como si hubiera sido un niño muy malo. Mussy estaba muy seria y en cuanto la agarró Otto, éste sintió cómo le decía al oído:
-Mira gilipollas, que sea la última vez en tu puta vida que me dejas sola.
Otto se sintió profundamente herido por aquellas palabras, pero no la culpó, al fin y al cabo, ella siempre había sido una niñita consentida.
-Lo siento Mussy, lo siento. No me lo tengas en cuenta, que tengo una sorpresita para ti, ¿me das el beso del perdón?
-eres un jodido seboso- le dijo Mussy mientras Otto sintió los pequeños labios de Mussy en su cara.
-Ahora vamos a la habitación princesita, tengo tantas ganas de que lo veas..- dijo Otto desapareciendo por unas escaleras que terminaban en el Averno.
Y en el averno habitan las peores de las criaturas, lo mas malvado de la creación, pero también lo mas seductor, nuestros mas oscuros deseos, el frío y afilado filo de un navaja, mortífera, pero suave al tacto si se sabe tocar con la delicadeza adecuada, si se es capaz de llegar a comprenderla, incluso, puedes llegar a quererla, a necesitarla.

Los escalones crujían a cada paso de Otto, pesada losa para aquella vieja madera muy castigada ya por el paso de los años, de los siglos dirían algunos, los mas viejos del lugar, pues nadie recuerda cuando emergió de las entrañas de la tierra aquel maldito edificio, lugar de peregrinaje de todas las alimañas de aquella tierra olvidada por un dios caprichoso que un día, se cansó de ella, renunció a ella, renegó de ella y se la regaló a la avariciosa gran bola de fuego, corrompiéndose con el pasar del tiempo como se corrompe el agua estancada. Si, crujían, se dolían dirían algunos, los mas sensibles del lugar, aquellos que son capaces de ver lo que nadie ve, de sentir lo que nadie siente, por que no puede, o por que no quiere, allá cada uno con sus propios demonios, con sus propias bestias interiores, luchando por salir a la superficie, desgarrando la carne y removiendo las entrañas de la humanidad que alguna vez tuvieron y que desde luego perdieron en esta tierra sin esperanza, en este trocito de infierno al que algunos llaman Sunshine. Buen ejemplo este, el de los vaqueros, quienes salían satisfechos de la habitación después de haberle estado robando el amor a Sally durante un buen rato. Max iba delante, siempre guardando las distancias con los demás, incluso con su socio, James, quien ayudaba a la pobre Sally a caminar, pues esta a duras penas se mantenía en pie después de la depravada función particular que le habían interpretado sus recientes nuevos amigos. Pese a esto, la mujer se veía sorprendentemente reconfortada en brazos de este y él, James, la sujetaba con fuerza, no con la fuerza de aquel que no quiere que escape su presa, con la fuerza de aquel que no quiere perderla.

Max llegó al final del pasillo, justo donde comenzaban las escaleras y vio a Otto subiendo por ellas. La sonrisa que se dibujó en su rostro estaba a medio camino entre la burla y la sorpresa. -¿pero que coño es eso?- se preguntó en voz alta mientras James y Sally llegaban a su lado. -¿Qué es, que?. Contestó James justo antes de que su mirada se topara de narices con aquellos 150 kilos de felicidad. También sonrió, Sally, no levantó la cabeza siquiera, pues sencillamente, no estaba allí. James miró ahora a su socio y le dijo que ahora no, que no tenían tiempo, que tenían negocios que atender, lo cual era cierto, pues ya habían perdido demasiado el tiempo con aquella preciosidad y los asuntos del señor Thorton no podían, no debían tomarse a la ligera. Pero Max, siempre nadando contracorriente a los siete mares, siempre dispuesto a rizar el rizo, a agarrarse con fuerza el clavo mas ardiente por el mero hecho de demostrarse a si mismo que él, no podía quemarse, hizo lo que solía hacer, ignorar a James y a su aburrido sentido común y dejarse llevar por la emoción del momento. Por esto, ahí se plantó, justo delante, desafiante. Otto, ajeno a lo que le rodeaba, cegado por la felicidad de haber recuperado a Mussy, no se dio cuenta de la presencia de los dos matones y acabó chocando con la arrogancia, quien por una simple y sencilla cuestión de física, salió rebotada hacia atrás, incluso perdió el sombrero.

-¡Maldita montaña de grasa! ¿Es que no tienes ojos en esa fea cara?- le gritó Max a Otto, quien ahora si, regresó a la realidad y le cogió prestada la atención a Mussy para dársela al vaquero. – Perdone señor, no le había visto, estaba inmerso en mis cositas y no le ví bajar, espere, que le recojo el sombrero- le contestó mientras se agachaba y efectivamente, le recogía el sombrero. Fue en ese momento cuando Max, viéndolo de más de cerca, pudo darse cuenta de que el rostro del hombretón estaba manchado de sangre, al igual que su camiseta, una de aquellas camisetas interiores de algodón blanco, sin mangas, a tirantes. -¿Pero que coño…? ¿De donde sales amigo? Por lo que se ve, te has estado pegando una buena fiesta- Otto, se dio cuenta de que Max le observaba la cara de forma extraña y se echo la mano al rostro para comprobar como este, efectivamente, estaba manchado de la sangre de Sofía.- He estado…, he estado… (con una fuerte hemorragia nasal), le susurró Mussy, de la cual, asomaba su cabecita desde debajo de la axila de Otto. –…con una fuerte hemorragia nasal, me golpeé la cara con la puerta de mi habitación y sangré como un cerdo en el matadero, jijiji- contestó visiblemente nervioso, mientras Max le arrancaba su sombrero de la mano. No fue lo único, pues también se percató de la presencia de Mussy y no pudo resistirse, la agarró por una de las coletas y se la quitó.

-¿Qué tenemos aquí? Mira que muñequita tan linda james, es casi tan bonita como la nuestra, ¿qué te parece?- James la miró y luego miró a Sally, ¿Te gusta la muñeca, Sally?- Pero esta no contestó. – Te ha hecho una pregunta, zorra!- Le grito Max. James tuvo que intervenir de nuevo para calmar a su socio. – Venga tío, déjala, ¿no ves que está cansada? Deja de jugar con este tipo y larguémonos de una puta vez, joder.
-Vale hombre, vale, solo quería regalarle la jodida muñeca.
-¿me la devuelve, por favor?- intervino Otto con timidez, mirando hacia el suelo. Max se acercó y le apretó uno de sus generosos mofletes. -¿la quieres?¿quieres tu muñequita? Seguro que te la follas, si, tienes pinta de ser uno de esos obsesos sexuales que no han probado una mujer en su vida, joder, que asco, seguro que te la has metido en la polla- a lo que Max la tiró al suelo y se frotó la mano en el pantalón. Luego se acercó a Sally, y le levantó la cara cogiéndola por debajo de la barbilla -¿no te habrás cabreado conmigo, verdad preciosa?

Otto recogió a Mussy y salió corriendo pasillo abajo hacia su habitación, renegando por lo bajo y con cara de muy pocos amigos dejando atrás al trío.

Abajo, en el cuartillo de recepción, Wallestein acababa de colgar el teléfono, después de llamar al sheriff, pues tampoco para él, pasó desapercibida la sangre en el cuerpo de Otto.


Otto llegó a la puerta de su habitación con el orgullo un tanto herido, soportaba como podía aquella mirada de Mussy y no se le podía quitar de la mente. Otto había visto cómo había mirado Mussy a los vaqueros, sus ojos habían brillado como la jodida hoja de una navaja sin estrenar, pudo ver incluso lujuria en los ojos de su pequeñina, y él no pudo hacer nada, no se enfrentó a esos dos bastardos, él, el gran Otto Vonvousten, Otto el hombretón, Otto el devorador, Otto el Dios.
Otto no miraba a Mussy, no podía, solo pensaba en que le tenía que haber arrancado la cabeza a aquel joven insolente y haberle puesto el sombrero en su lugar, pero no lo hizo...
-Mussy, cierra los ojitos cariño- dijo Otto mientras abría la puerta de la habitación.
Mussy, que era muy traviesa pero que jugaba a ser inocente, los cerró y no pudo reprimir una sonrisilla encantadora. La luz se hizo y Otto la dejó en el suelo en la entrada de la habitación.
-Ya puedes abrirlos- la dijo
Mussy abrió los ojos y vio que el espectáculo era tan sumamente grotesco que contaba con la belleza del caos, volvió la cabeza hacia atrás y vio a Otto mirándola ansioso por saber si le gustaba el regalo.
-Otto, cada vez estás más enfermo y eres mas sucio- replicó ella desde el suelo
-¿No te gusta Mussy?- preguntó él cogiéndola en brazos para llevarla cerca de la joven Sofía.
-En realidad, me encanta.
Y Otto reconoció de nuevo la mirada de la pequeña Mussy, porque ella le dedicó la mirada mas limpia y mas sincera que nunca nadie le había regalado a ese hombre, y enfrente de lo que quedaba de Sofía, Otto depositó a Mussy, en la gran cavidad que ahora era la zona íntima de la muchacha, y esa preciosidad de muñeca bebió y bebió hasta satisfacer el ansia que devoraba su cuerpecito de trapo.
George y Melissa, totalmente en shock, no querían ver que la realidad era como era y que por mucho que cerraran los ojos, en Sunshine habían encontrado el Infierno del que habían intentado escapar toda la vida.
Para Melissa, haber visto cómo aquel animal había destrozado a su hija ante sus propios ojos, fue como si él la hubiera matado a ella lenta y dolorosamente, de hecho, Melissa ya estaba muerta, ya ni siquiera tenía miedo, ya había desparecido...pero ver como a aquella bestia metía una muñeca en la herida de Sofía y la daba vueltas hasta empaparla totalmente en la sangre de su niña, había sido demasiado, y en ese mismo instante quiso que el corazón se la parase y empezó a rezar porque ya solo quería morir y suplicaba al Señor que se la llevase a ella y a George con Él en ese mismo momento. Deseo concedido.
-Uy Mussy, cómo te has puesto cochinota!!!- le dijo Otto a la muñeca ya totalmente bañada en sangre- y luego me riñes a mí porque yo me mancho, jijiji
-Lávame- le ordenó la pequeña Mussy con su vocecita.
-Ahora mismo, está claro que necesitas una buena ducha, princesita.
-Pero antes Otto, acaba con estos dos, que no se por qué todavía siguen respirando- volvió a ordenar Mussy.
-Es verdad Mussy, me había olvidado de que estaban aquí...
George pensó que a qué clase de monstruo se le podía pasar por alto que había dejado atados a los padres de la chica a la que acababa de masacrar para que se recrearan en aquella infernal visión, sin duda George entendió que aquello era la peor tortura a la que se podía someter a un ser humano. Si por lo menos hubiera podido agarrar la mano de Melissa...
Otto cogió a Mussy y se la llevó al baño, dejando detrás de ellos un reguero de sangre que le chorreaba a la muñeca de las coletitas. Abrió el grifo del agua caliente y dejó a Mussy sentada al lado del jabón de manos.
-Ahora vuelvo pequeña, no te metas todavía en el agua- le dijo Otto advirtiéndola con el dedo índice.
Otto salió a paso acelerado, sin mediar palabra se colocó delante de Melissa, Otto la agarró de la cabeza y Otto la partió el cuello sin tener que hacer ningún esfuerzo. Se volvió hacia George y Otto repitió la misma operación. Otto notó su miembro erecto.
-¿Vienes ya grandullón?- gritaba Mussy desde el baño.
-Ya voy preciosa, aquí ya he terminado.
En el lavabo, con el tapón puesto, Mussy se bañaba con su ropita, jugueteaba con el agua y salpicaba a Otto en la cara mientras reía feliz.
-Puedes quitarme la ropa si quieres Otto.
-jijiji, si es que la tienes muy manchada también...-respondió Otto nervioso.

El agente Brackett bajaba del coche mientras se ponía las gafas de sol. Era un hombre realmente apuesto. Tenía un bonito cabello rubio, que cepillaba cada día para que no perdiera el brillo que le hacía resplandecer como el sol que  una vez le prometió que le regalaría a su novia Lissy.
Caminaba con paso firme y se subía un poco el pantalón, pues el peso de su arma a veces hacía que se le cayera un poco. Entró en el Wallestein. Siempre odió el característico olor de aquel motel, olía a pecado, a vergüenza y a dolor.
Se apoyó en el mostrador mientras llamaba a Wallestein con una voz grave y tremendamente sensual.
-Wallestein, ¿dónde se mete?
-Ya voy, ya voy- se oía decir a una voz desde el cuartucho de recepción.
Dan Brackett guardaba cuidadosamente sus Ray-Ban en el bolsillo de su impecable camisa blanca y buscaba con la vista algún lugar en el que reflejarse. Sin duda, ese agente se esforzaba por demostrar una seguridad que ni las malditas estrellas del firmamento de Sunshine le podían proporcionar.
-Agente Brackett, ¿qué le trae por aquí? - preguntó Wallestein, quien salía del cuarto limpiándose las manos con una toalla pequeña con una W bordada.
-Dígamelo usted Wallestein, es usted quien nos ha llamado- respondió el agente con tono altivo.
-No, disculpe, yo he llamado al Sheriff no a usted, y se lo digo con todo mi respeto.
Aquello hirió al agente Brackett, quien llevaba ya cinco años en el cuerpo de policía de Sunshine y no había conseguido ni un mínimo de respeto. Ser un tipo honesto en un lugar como Sunshine, en la cuidad del pecado, no estaba demasiado bien visto.
-Mire viejo, yo puedo ayudarle si lo quiere, si no, me doy la vuelta por donde he venido y se las arregla usted solo. El sheriff está en unos asuntos con Thorton y estará ocupado todo el día.
Wallestein le miró con los ojos cansados, entendió que eso era lo que tenía y aunque dudaba de la capacidad de Dan para enfrentarse a alguien como Otto en caso de que las cosas se pusieran feas, le dijo:
-Tengo alojado a un tipo muy raro. Acaba de bajar lleno de sangre a por una muñeca. Sólo quiero que vea que está pasando. No quiero más líos en mi motel (mas de los que ya tengo...)
-¿En qué habitación está?- preguntó Brackett.
-En la número 9
Acto seguido, el agente subió aquellos peldaños con la tranquilidad que proporciona la ignorancia.
Toc, toc, toc "Policía de Sunshine.Abra la puerta".

Mientras tanto, fuera del motel, en el coche patrulla esperaba la agente Gillian, quien apenas cumplía su primer año de servicio en Sunshine y que se había convertido en la inseparable pareja de Brackett por caprichos del Sheriff, quien siempre los tenía de aquí para allá, asignándoles todos los casuchos de mierda que llegaban a oídos de la ley, mera excusa para tenerlos bien lejos de la comisaría, epicentro de las actividades delictivas del cuerpo de policía y es que Brackett y Gillian, eran posiblemente, los únicos agentes de la ley de Sunshine, que aun no se habían dejado seducir por los cantos de sirena del sr. Thorton. Gillian, de nombre Rebeca, era una atractiva mujer de origen indio, piel morena, larga melena negra y de generosas curvas, una deliciosa criatura agonizante en medio del desierto para los buitres carroñeros que sobrevolaban el lugar, los miembros de la policía local, en especial, de ese maldito gordo cabrón del sargento Wilson, a quien llevaba de cabeza desde que esta pusiera sus nalgas en el pueblo. A nadie escapaba tampoco, que Rebeca sentía un gran apego hacia su compañero de trabajo, algo que iba mucho mas allá de la mera admiración, el respeto o la amistad, por lo que la mujer estaba encantada con el papel que le había tocado interpretar en la función. Por desgracia para ella, las inquietudes afectivas y gustos sexuales del agente Brackett, nadaban en la dirección opuesta, y no eran precisamente las mujeres, objeto de devoción para él, mucho mas interesado en otras criaturas de la creación, a pesar de su largo y por todos conocido, noviazgo con la preciosa Lissy Sunders, que era poco mas que una tapadera para ahuyentar a las habladurías y malas lenguas de Sunshine, por no mencionar la gris suerte que podría depararle el destino a un homosexual en aquellos lares aun infestados por las tinieblas de la tradición y la falsa moralidad.

-Quédese aquí agente Gillian- le dijo este cuando llegaron al motel- puedo encargarme de este asunto personalmente. Además, prefiero que no entre usted en este antro, no me parece el lugar mas adecuado para una señorita de su talla.- Era esta galantería característica de Brackett hacia las damas, una de las cosas que habían conquistado a Rebeca, cualidad muy difícil de encontrar por aquellas tierras, ávidas de sexismo y misoginia. Por supuesto, ella siguió sus órdenes al pie de la letra, siempre lo hacía. Permaneció en el vehículo mientras observaba a su compañero adentrarse en las entrañas del Wallestein.

Otto y Mussy estaban en la ducha, el grandullón y la pequeña compartían un refrescante y purificador baño, gentil invitación a toda aquella sangre a abandonar sus cuerpos. Él la abrazaba con fuerza, la besaba emocionado, apenas le salían las palabras por culpa de un inoportuno nudo en la garganta causado por la extrema felicidad del momento, sus cuerpos mojados se frotaban el uno con el otro y la excitación de Otto iba en aumento con cada roce, con cada mirada. La muñeca además, lasciva como pocas, susurraba obscenidades indescriptibles al oído de la bestia, quien era totalmente incapaz de controlar su monstruosa erección, pues que nadie dude que su miembro, estaba en total proporción con el resto de su cuerpo, algo que le había traído muchos problemas a lo largo de su vida en lo que al amor se refiere, en especial con su Helen, quien había tenido que sufrir aquella deformidad durante años en el interior de sus entrañas, desgarradas en mas de una ocasión por el amor de su marido. Otto cogió su miembro con fuerza por la base y apretó, intentando enseñarle quien mandaba, quien controlaba a quien, pero aquello era incontrolable, el deseo de masturbarse era tan grande que incluso comenzaba a sentir un desproporcionado apetito. Mussy, por su parte, le advertía que si se tocaba en su presencia, se iba a enfadar mucho y lo hacía, por el simple placer de manipular a aquella bestia, por el simple placer de comprobar, que ella movía los hilos de aquella inmensa marioneta. Otto no pudo mas, soltó a la maldad de trapo y saltó de la bañera para abalanzarse sobre el cadáver aun caliente de Melissa, le arrancó la camisa y le quitó el sostén, dejando al descubierto sus inmensos pechos, los cuales se metió en la boca, lamiéndolos en primera instancia, saboreándolos para luego comenzar a morder, comenzar a desgarrar, comenzar a devorar entre ríos de sangre, degustando hasta la última partícula de grasa mamaria de aquel trozo de carne muerta que una vez fuera mujer, esposa y madre. Otto, cayó al suelo vencido por el placer, rodó por la moqueta de la habitación con las dos manos en la boca, gracias a las cuales se ayudaba para masticar las interioridades de Melissa. Mussy lo observaba todo desde la distancia, satisfecha.

A todo esto, Brackett seguía aporreando la puerta. –Habrá la puerta señor Vonvouten, se que está usted ahí, no se lo volveré a repetir- aunque bien sabía que si no le obedecía, no iba a pasar nada, pues el mayor secreto de Dan Brackett, no era su homosexualidad, era su cobardía.

La mala suerte además, se cebó con él en aquella ocasión, pues fue en este último intento, en el que Otto se percató de su presencia, con la boca llena de grasa, carne y sangre, levantó la cabeza hacia la puerta y dio permiso a las palabras del agente a entrar en su cabeza. -¿quién es?- preguntó con la boca llena. Dan no entendió nada, pero contestó. –Soy el agente Brackett, de la policía, abra la puerta por favor, solo quiero hacerle unas preguntas…

Otto escupió la comida y se levantó, miró a Mussy, esperando consejo. –Abre- le dijo esta- ¿o a caso no sigues hambriento?- mientras dirigía su inocente mirada hacía su pene. Otto no dudó, abrió la puerta. Brackett quien seguía contemplándose en un espejo del pasillo, se dirigió a él sin mirarle mientras se peinaba con las manos sus cejas rubias. –Verá señor, hemos recibido una llamada del gerente del motel…- Otto no le dejó terminar, le agarró por el cuello y lo introdujo en el infierno, la puerta se cerró.

La fuerza del animal era demasiado para el pobre Dan, quien agarraba con sus manos las de Otto, intentando aliviar la presión que este ejercía sobre su garganta, pero era una empresa imposible, no tardó en perder el conocimiento. Al despertar, el agente estaba desnudo, atado en la cama boca abajo. Otto lo había esposado con sus propias esposas en el cabezal de la misma, uno de aquellos de hierro forjado, negro, muy acorde con la macabra naturaleza del lugar. Este giró la cabeza y presenció todo el espectáculo desde primera fila, los cadáveres de los Flannegan no fueron una visión agradable para el agente, quien lloraba y suplicaba por su vida –no me haga daño señor, por favor, soy un hombre casado, con hijos (mentía el muy cobarde para intentar salvar el culo), desáteme y hablaremos de esto con calma, seguro que lo podemos solucionar de alguna manera…- pero Otto no estaba interesado en los llantos de aquel hombre, tan solo en el orificio que había entre sus nalgas, lo único que podía saciar su apetito en aquel momento. Se giró y miró a Mussy, esperando su aprobación, esta, asintió con la cabeza y en aquel instante, el grandullón fue la criatura mas feliz del universo, se acercó hasta Dan con la saliva chorreándole de la boca y le separó las piernas con brusquedad, justo antes de clavarle su monstruosa polla hasta las entrañas, el grito de Brackett se escuchó en las mismísimas puertas del cielo.

Mientras, en el exterior, la agente Gillian comenzaba a impacientarse…

Y Otto triunfador,inmenso y reiventado sacó su polla ensangrentada de dentro de Dan, al que practicamente había abierto en canal, y sintió una sensación extraña y nueva, se sintió saciado pese a no haber probado ni un solo gramo de la suave carne del agente Brackett. Por un segundo pensó que podría llegar a acostumbrarse a aquella nueva dieta. Al segundo siguiente, todo volvió a su sitio y Otto entendió que lo que estaba delante de él era solo una trozo de carne que podría degustar en el momento que él quisiera.Como he dicho, estaba todo en su sitio.
Se limpió un poco su inmenso miembro con la mano y se la chupó con ganas, y como siempre le pasaba, no quiso que aquel sabor se le fuera de la boca nunca, luego se dio la vuelta en dirección al baño. Ahora sí, ahora ya estaba en disposición de terminar con esa ducha interrumpida con Mussy. Ahora Mussy ya no representaba la mayor tentación que había tenido que evitar en toda su vida.
Nada mas tocar las frías baldosas del suelo con los pies desnudos, Otto sonrió agradeciendo el gélido tacto que le aliviaba un poco la quemazón interior que llevaba unos días experimentando, y vio a Mussy tirada en el fondo de la bañera, con las prisas no había cerrado el grifo y Mussy estaba totalmente empapada, seguramente estaría helada, "dios Mussy,te necesito taaanto,que si alguna vez te pasara algo,sin duda yo no sabría caminar solo, no podría, no querría...Mussy, Mussy, Mussy..." pensaba Otto mientras corría a recogerla del gran charco de agua en el que estaba. La levantó con sumo cuidado, Mussy no hablaba, no le miraba, no se movía, Mussy parecía tan solo una muñequita.
-Mussy, cielo, dime algo- le dijo Otto arrimándosela muy cerquita del corazón.
Solo obtuvo un rotundo silencio por respuesta. Otto la zarandeaba
-Mussy, venga Mussy, dime algo por favor, tienes que entenderlo, tuve que salir de aquí, si no yo...no quería hacerte daño, cariño mío, eres tan delicada...
Y Mussy seguía petrificada, empapada, hundida, parecía como si hubieran cosido su corazoncito de trapo rojo, en el sitio equivocado, justo en el sitio en el que se les impide poder experimentar cualquier reacción a las muñecas.
Otto la secaba con una toalla y no paraba de hablarle,  Mussy seguía húmeda y comenzaba  a anochecer y la luna llena ocupaba todo el cielo y Sunshine se rindió ante un satélite que no para de dar vueltas porque pretende hipnotizarnos, porque la luna solo sale para que la miremos y sólo quiere que la miremos para aturdirnos y que perdamos el equilibrio de nuestras vidas y ser ella el único punto de apoyo, y la luna es la noche, y la noche es la oscuridad, y la oscuridad es el vacío y el vacío solo lo puede llenar Otto con su inmensidad...
-Mussy, pequeñaja, por favor no me hagas ésto- repetía una y otra vez la bestia
Otto el devorador, se sentía tan patético, tan insignificante sin ella, que haría lo que fuera para que ella volviera a caminar con él de la mano, lo que fuera.

Fuera, en la habitación , el agente Brackett seguía tumbado boca abajo en la cama, no se atrevía a abrir los ojos, lo que acababa de vivir le había hecho morir para todo lo que le restaba de existencia. Aquel agente, que había hecho de su vida un engaño, pero que era feliz a su manera, a partir de ese momento , si lograba salir de aquella, estaba seguro de que para él, la vida solo sería la cuenta atrás hacia la muerte, hasta que Dios o quien fuera, le sacara de aquel agujero en el que la había tocado vivir. Y Dan seguía sin poder abrir los ojos, el dolor era tan intenso, que tenía la certeza de que aquella bestia inmunda le había desgarrado todos los tejidos blandos desde su ano hasta su estómago, porque él sintió la polla de aquel demonio casi hasta su garganta, arrasando con todo lo que encontraba en su camino, y sintió como le empalaban como a un animal salvaje en un sacrificio ritual, y lo mas horrible de todo es que Dan sabía que aquello no había sido algo exclusivamente sexual, Dan, segundo a segundo, supo que aquel hombre no le estaba violando, que aquello era mucho más, aquel hombre le estaba dejando claro lo que siempre oyó decir a su vecina la bailarina, la pequeña Sally siempre decía que en Sunshine no hay nadie libre, y él ahora era esclavo del miedo mas atroz, y su culo chorreaba sangre y semen y él simplemente no podía abrir los ojos.

Rebeca Gillian ya comenzaba a estar preocupada, su compañero llevaba dentro del Wallestien ya mucho mas tiempo del rutinario, incluso había anochecido ya y ella estaba mas que impaciente. Sabía que si Dan Brackett la decía que esperara en el coche patrulla, ella debía hacerlo, pero algo no iba bien, esta vez había pasado algo, tanto tiempo no era normal y aquella luna enorme solo la decía que entrara en aquel motel para comprobar lo que estaba sucediendo. Aquella luna brillaba tantísimo...
La agente entró hasta el hall del motel, y como hiciera su compañero aproximadamente una hora antes, ella llamó a Andrew Wallestein elevando la voz y exigiendo que le dijera dónde estaba su compañero.
-Vamos a ver agente Gillian, tranquilícese, no me grite. Yo había llamado al sheriff, que es quien debió personarse aquí, en cambio apareció su compañero y dios me libre de pensar que él no puede enfrentarse a ciertas cosas,pero todos en el pueblo sabemos la verdad...Yo le dije que había un tipo muy raro en la habitación número 9, que se había registrado bajo el nombre de Otto Vonvousten y que tuviera a mano el arma, pero que yo no quería mas líos.Hace ya un buen rato que oí un fuerte grito,pero no podría asegurarle de quien se trata, así que si va a subir, por favor señorita, saque ya su arma.
Rebeca no pidió mas explicaciones, no las necesitaba, con lo que Wallestein le había explicado, su corazón ya había empezado a latir apresuradamente y su cabeza tenía ya la seguridad de que el día en que les tocaba bailar con el diablo a su querido compañero y a ella, había llegado.
Subió corriendo las escaleras mientras sacaba su pistola de la funda e intentaba cubrir todos los ángulos de visión ella sola.Llegó a la habitación número 9, tenía que pensar rápido, fuera lo que fuera lo que pasara, acertara o se equivocara, lo que tenía claro es que ella no iba a entrar por las buenas, así que se preparó para dar una patada a la puerta, cuando se percató de que estaba entreabierta. Terminó de abrirla de par en par con un rápido movimiento y se dio de bruces con el horror, sólo habían pasado unas milésimas de segundo y su cerebro ya había procesado las imágenes mas perturbadoras y enfermizas que cualquier ser humano hubiera visto antes. Acababa de ser presentada ante el mismo Satán, y antes de poder estrecharle la mano, había tenido que pasar al lado de Sofía, de los Flannegan y ver cómo su adorado compañero Dan, estaba en la cama, esposado boca abajo, con el pantalón arrancado, el culo amoratado del roce de aquella bestia contra él y una gran hemorragia anal que le empapaba las blancas piernas con una sangre tan roja que dolía mirarla.
-Dan ,Dan...por dios Dan, ¿dónde están las llaves de las esposas?-le preguntaba Rebeca a su compañero sin perder un solo detalle de la habitación, para evitar que la pillaran por sorpresa-Dan,Dan...-seguía diciendo con el seguro de su pistola quitado y apuntando a todas partes.
-Vete Becky,vete- dijo Dan desde la cama con un fino hilo de voz
Aquella era la primera vez que la llamaba Becky. Ella se lo había pedido en varias ocasiones, pero él siempre mantenía la distancia que da la supuesta profesionalidad, evitando tutearla.
-Dan, piensa dónde están las llaves y te ayudaré a salir de aquí.Dan, Dan...abre los ojos Dan
Pero Dan Brackett seguía sin abrir los ojos, sólo la pedía una y otra vez que se fuera de allí.
Rebeca oyó un ruido en el baño, apuntó su arma en esa dirección y sus piernas la acercaron hasta la boca del lobo, y este lobo aullaba de la manera mas salvaje que nunca nadie huiera oído,auuuuuuuuuuuuuuuu!!!
Abrió la puerta del baño de una patada y se encontró con Otto, una mole de grasa y maldad desnuda, con una preciosa muñequita de trapo en sus manos. Otto la estaba secando con un secador y la peinaba las coletitas, y él tenía el cuerpo cubierto con sangre fresca y zonas con sangre reseca. Por todos los demonios ¿qué era aquel ser?.
Otto actuó de manera instintiva al verse sorprendido y ni siquiera dio tiempo a la joven y perfecta agente Gillian de poder decir una palabra, cuando él ya había alargado su pesado brazo y la había empujado tan potentemente contra la pared, que había hecho que ella perdiera el conocimiento.Otto no contaba con aquella otra sorpresa, así que pronto la boca se le llenó de saliva. Arrastró a la agente fuera del baño y la dejó en el suelo,enfrente de su compañero, la arrancó la ropa y se quedó mirando su cuerpo moreno, rotundo y jugoso.Cogió un cuchillo de su maleta, el cuchillo de la sra. Huggins, y cuando se disponía a empezar a servirse el primer plato de carne, una vocecilla dijo algo desde la puerta del baño:
-Esta vez, Otto, déjame a mí ¿Lo harás por mí grandullón? ¿Me dejarás a mí?
-¡¡¡Mussy!!!!- Otto sintió la mayor de las dichas al oir de nuevo aquella cantarina voz- ven aquí pequeñaja, por supuesto que lo harás tú, haré todo lo que tú quieras que haga amor mío.
Justo en ese instante, el agente Dan Brackett por fín abrió los ojos.

Otto no estaba allí en ese momento, puede que lo estuvieran sus 150 kilos de felicidad, pero no su mente, no su alma, pues estos, habían partido de la realidad dirección a la onírica tierra donde él y su amor, la pequeña Mussy, revoloteaban desnudos entre los árboles con alas de mariposa, jugueteando entre la maleza en busca de la mas hermosa de las flores, para posarse delicadamente sobre ella y lamer a dúo su nectar con sus delicadas lenguas al compás de una perfecta sincronía. Su jardín del Edén particular, utópico paraíso postrado ante un precioso cielo azul estrellado y donde el olor a jazmín era tan fuerte, tan embriagador, que la mismísima bestia de los abismos, habría sucumbido a su susurro de haberle prestado algo de atención. Más allá, pasados los verdes prados, fuera del jardín de las mil y una flores, en lo alto de la montaña y siempre siguiendo el camino de baldosas amarillas, se encontraba la casita de la pareja, una inmensa construcción fabricada de dulces y golosinas mucho mas grande, mucho mas descomunal, mucho mas dulce de la que aparecía en el cuento que Otto le explicaba cada noche a la pequeña Eva antes de ir a dormir. Esta, la casa de Otto y Mussy era indescriptible, construida sobre cimientos de hojaldre, se levantaban las majestuosas paredes de esponjoso bizcocho casero, el mismo que Helen preparaba en todas las celebraciones familiares, lugar perfecto por el que rebozar sus cuerpos al ritmo de la música que para ellos interpretaban los cientos de pájaros de llamativos colores que revoloteaban sobre el tejado de mazapán. Otto y Mussy, Mussy y Otto. Otto el soñador, Otto el inconsciente… que no se percató que Dan había decidido que ya era hora de enfrentarse a la realidad al abrir sus ojos llorosos, girar el cuello con la poca movilidad que le permitía la situación y ver a su compañera desnuda e inconsciente tirada en el suelo.

Brackett comenzó a forcejear con las esposas, intentando liberarse de su cautiverio, de su prisión de infinito dolor y aterradora vergüenza, pero estaba claro que las esposas no iban a ceder, tampoco sus muñecas, aunque finas para ser un hombre, podían deslizarse fuera del frío metal. Así que la única posibilidad de liberarse, era cebarse con aquel viejo y sin duda, maltrecho cabezal de hierro oxidado. Así hizo, tiró con todas sus fuerzas una y otra vez, luchando no solo contra el metal, también contra el inimaginable dolor que le atravesaba las entrañas y esta vez, solo por esta vez, la maldita suerte le concedió una tregua, permitiendo que una de las varillas de hierro se soltara, liberándose así de su cárcel. Brackett rodó por la cama y calló sobre la moqueta, justo al lado del cadáver de Sofía. Lo siguiente fue ponerse en pie, tarea que no resultó nada sencilla, pues las piernas le temblaban como si acabase de salir del ojo de un huracán, luego, se aseguró con la mirada llorosa que el monstruo, no se había percatado de su hazaña, lo cual era bastante evidente al verlo, abrazado a la siniestra muñeca de trapo mientras interpretaba una grotesca coreografía junto a la puerta del baño. Brackett, al ver el inmenso miembro de Otto, ensangrentado hasta los testículos, no pudo retener el vomito al pensar que aquello había estado dentro suyo y lo soltó sobre la cara de la pobre Sofía, quien por otro lado, ni se inmutó. Apenas podía andar, a cada paso, sentía como si le metieran una lija de acero por el culo y le diesen vueltas sobre ella misma, pero en aquella situación, en  aquel momento, el pobre Dan lo había perdido todo, incluso, su cobardía. Se acercó a Rebeca, tendida en el suelo, y le puso las manos en la cara. – Despierta Becky, despierta… tenemos que salir de aquí, pues bien sabía el agente Brackett que intentar recoger la pistola de sus pantalones, los cuales estaban demasiado cerca de Otto, era una empresa muy poco recomendable en aquel momento, que huir, era, dada las circunstancias, la mejor de las opciones. Rebeca, parecía receptiva a las suplicas de su compañero y no tardó en comenzar a articular movimientos con su rostro, preámbulo a la abertura de sus preciosos ojos marrón oscuro. -¿Qué ha pasado?- preguntó desconcertada mientras Dan la ayudaba a incorporarse. –No hay tiempo, tenemos que salir de aquí. Y así hicieron, salieron de la habitación y corrieron agónicamente hacía la esperanza de un nuevo amanecer… bueno, lo de corrieron era una forma de hablar, mas bien, se arrastraron, pues las fuerzas de Dan eran escasas y era Rebeca, quien tenía que cargar con todo el peso de su cuerpo, pasando su brazo sobre su espalda y sujetándolo con fuerza por la cintura… Otto el inconsciente, seguía relamiéndose entre litros de chocolate caliente y montañas de nata montada junto a su princesita cuando esta cambió el semblante de su hasta ahora angelical rostro, para tornarse diabólico, ojos rojo brillante, gran boca dentada y afilada nariz engrandecieron su figura haciéndola inmensa y descomunal ante su atónito y asustado enamorado, quien se hacía mas y mas pequeño al igual que aquel palacio de dulces… donde el hojaldre, el bizcocho y el mazapán, dejaban paso a la carne humana putrefacta, los ríos de chocolate ahora eran de sangre, la nata montada, corrupto semen caliente chorreando sobre las mejillas de Otto que no entendía nada, no entendía por que su mundo se derrumbaba ante sus ojos, por que su muñequita se convertía en turbadora visión… -Escapan inútil, escapan- anunció la monstruosa muñeca con voz grave de ultratumba acompañada de un terrible hedor a muerte y descomposición… Otto giró la cabeza y se asomó a la puerta de la habitación, al comprobar que los dos platos de su menú, habían desaparecido y allí, los vio, al final del pasillo, lo que desató toda su ira. Agarró el cuchillo y salió tras ellos.

La pareja bajó las escaleras como pudo y pasó por recepción, vacía, pues el viejo Wallenstein, que no quería saber nada del asunto, veía despreocupado la tele en su garita. Salieron del motel, la noche ya había caído de pleno sobre Sunshine y todo estaba oscuro lejos de la tenue luz que iluminaba el cartel de la entrada. Rebeca estaba exhausta, cargar con el cuerpo de su compañero, no era tarea fácil, ni siquiera para una mujer atlética como ella. Un último esfuerzo los acercó hasta su vehículo. Dejó a Dan sentado sobre la arena del desierto apoyado en el coche y se dispuso a abrir la puerta, pero estaba cerrada, ella siempre cerraba la puerta del coche cuando salía de éste y se maldijo por ello. Fue entonces cuando la monstruosa figura de la masa de carne, se hizo visible en la puerta del motel al grito de “!Tengo haaaaaaaambbreeeeeeee!!!”. Aquello fue demasiado para la pobre agente Gillian, a quien apenas le quedaban fuerzas y no tuvo coraje para intentar cargar de nuevo con Dan. –Perdóname Dan, pero no puedo salir de esta si tengo que cargar contigo, iré a buscar ayuda, te prometo que volveré a buscarte- le dijo entre lloros justo antes de salir corriendo de nuevo hacia la carretera. Dan era consciente de la situación y no la culpó –corre, no mires atrás- le dijo. A los pocos instantes, Otto estaba a su lado, mirándolo con cara de pocos amigos. –Habéis hecho enfadar mucho a mi Mussy, esta me la vais a pagar- Después de esto levantó a Dan agarrándolo por su rubia melena y le cortó los testículos y el pene allí mismo con el cuchillo tan solo con sus estremecedores gritos y la propia luna como testigos para acto y seguido llevárselos a la boca y devorarlos. Dan ya se había marchado, soltó su cuerpo y este se desplomó sobre la arena, Otto, sin dejar de masticar y de saborear las interioridades de Brackett, prosiguió la marcha hacia la carretera en busca de aquel inquieto culito indio, diciéndose a si mismo, que lo mejor de una comida, siempre era el postre.

Rebeca, por su parte, seguía corriendo como una autómata hacia ninguna parte, ausente, aterrada, en estado de shock. A la lejanía, los faros de un coche que venía de frente, iluminaron su cuerpo justo antes de detenerse ante ella, quien corrió hacia el vehículo y desplomó sus pechos sobre el capó. Se abrió la puerta y una bota de policía pisó el asfalto. -¿Pero que diablos te ha ocurrido?- preguntó el Sargento Wilson, quien regresaba a su cabaña en las afueras tras una placida jornada en la oficina de comisaría. Se acerco a Rebeca, esta apenas podía articular palabra. –Ssshhhh, tranquila agente Gillian, yo me encargo de todo- dijo Wilson con una sonrisa en la boca antes de coger a Becky por la cintura con un brazo y apretar con fuerza uno de sus pechos con la otra mano al son de su propia erección, de acariciarle el pezón… -yo me encargo de todo.- Repitió. Y la introdujo en la parte de atrás del coche. Este aceleró y entre sombras, pasó como una exhalación ante la atenta mirada de un Otto, que se había quedado sin postre como los niños malos. Ya nunca mas tendría la oportunidad de catar a aquel culito indio. Pero el caso, es que su apetito, seguía siendo voraz, y de regreso al motel, no dejaba de pensar con que podría saciarlo…



ALICIA MISSTERROR Y NANDO EL RECTOR


Licencia de Creative Commons
GULA.Parte II- Otto y Mussy by Alicia Missterror y Nando El Rector is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Permissions beyond the scope of this license may be available at http://unaeternidad-tresminutos.blogspot.com/.

12 comentarios:

  1. Sois salvajemente grandes!!! Esta segunda parte de GULA ha sido brutal, aún me tiemblan las piernas...

    Muy bueno eso de que hayáis metido a Sally, James y Max, un puntazo si señor, ahora me pregunto si la familia Flannegan serán los protagonistas de otro capítulo...jijiji!!, me encanta eso de que lo relacionéis todo.

    Pero me lo hacéis pasar muy mal y cuanto peor lo paso más disfruto de vuestra lectura, sois dos putos genios! Mi enhorabuena y seguid escribiendo que yo seguiré leyendo y joder...ese Wilson no es trigo limpio y me habéis dejado con la incertidumbre!!!Y Otto...el tio cerdo ahora está aún más furioso! OMG!!

    Por cierto, la foto de Mussy es bestial, me la imaginaba exactamente así!!! :D

    ResponderEliminar
  2. Gracias de nuevo Darkotica y déjame que te diga una cosa. Al final, acabarás amando a Otto. Tiempo al tiempo.

    Los Flannegan protagonistas de otra historia? Quien sabe, aunque yo pienso que por el momento, los pobres ya han tenido suficiente Sunshine para un buen rato... sobre Wilson, bueno, no es mal tipo, solo hay que conocerlo... ya habrá tiempo para eso.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Darkotica-estoy con mi socio,a los Flannegan Sunshine se los tragó, no eran de allí,no pertenecían a ese infierno,simplemente terminaron en el lugar equivocado en el peor momento posible...ahora dejemosles descansar.

    Hay taanto en Otto por descubrir...

    Si Victor dice que a Wilson hay que conocerlo,será mejor hacerle caso... (por lo pronto yo tengo mis reservas con él..) ;)

    Mussy!!!Sí,esa pequeña princesita...taaaaan traviesa...

    Como siempre,muchas gracias Darkotica por tus palabras!!!El hecho de que te enganche tanto esta lectura nos basta para seguir escribiendo.

    ResponderEliminar
  4. Yo pensaba que no podrían superar la perversidad de la primera parte, que ya Otto había tocado techo. Hombre de poca fe dirán algunos y los secundo en su acertada descripción. Asquerosamente excepcional. Citando su propia obra con una ligera modificación: "Cada vez están más enfermos y son más sucios... En realidad, me encanta." Lograron sacarme hasta algunos gestos de asco mientras devoraba la historia. Me encanta ese tono de sarcasmo e ironía mientras Otto explica todo con una naturalidad inigualable.

    Ahora me dedicaré a degustar, con el permiso de Otto, algunos otros escritos a ver si puedo saciar esta hambre literaria que han creado en mi a lo que hacen disponible la tercera parte. Mientras, creo que le pediré a los Reyes Magos una muñequita de trapo...

    ResponderEliminar
  5. Lestat-hambre literaria???ummmhhhhhhh,a Otto le encantaría...pide a los reyes magos una muñequita,a mí me la trajeron (en realidad vino del mismo infierno,pero es taaaaaan bonita...)

    Muchas gracias de nuevo.Es un placer leer que hemos contribuído a que te entre ese hambre literaria de la que hablas (y come lo que quieras!!!!)

    un abrazo

    ResponderEliminar
  6. Alicia y Victor: sencillamente maravilloso. Hay que cuidar a la gente como ustedes que aman la literatura. Los admiro y felicito porque siempre sorprenden con algo nuevo y eficaz. Un abrazo a los dos y feliz 2012!!!

    ResponderEliminar
  7. Niña Tabaco-muchas gracias por tus valiosas palabras,mas valiosas aún viniendo de tí,porque eres tú quien crea esa literatura que nosotros amamos,alguien que adoras el arte en sus diferentes expresiones tanto como yo.

    Un abrazo inmenso Luis y Feliz Año!!!!

    ResponderEliminar
  8. Me ha encantado conocer los deseos más turbios y oscuros de Otto, sinceramente me encanto el gran aporte que fue Mussy para el relato. y no se que tenga que ver esta cita pero al leer la historia me vino a la mente Chuck Palahniuk: "Vivimos y nos morimos y todo lo demás es una ilusión. Son chorradas típicas de tías pasivas sobre los sentimientos y la sensibilidad. Mierda emocional subjetiva inventada. El alma no existe. Dios no existe. Solamente existen las decisiones, la enfermedad y la muerte." Un abrazo...

    ResponderEliminar
  9. Joe-que grande escuchar que Mussy fuera una pieza clave para GULA, Otto y Mussy son indivisibles!!!

    Chuck Palahniuk es uno de los grandes, por eso te vino a la cabeza, como debe ser.

    Un abrazo!

    ResponderEliminar
  10. Pues Otto me cae fatal. Como dice Darkotica muy bueno meter a los tres (pobrecita Sally) por ahí en medio. Un relato asqueroso en el buen sentido de la palabra y deseando leer el desenlace...¿He dicho que Otto no me gusta?. No me gusta tanta hambre puajjjj y menos después de que yo haya comido...

    ResponderEliminar
  11. Blanch, aunque ahora no puedas verlo, estoy segura de que terminarás queriendo a Otto y a Mussy muuuucho.
    No te gusta que Otto esté siempre hambriento??? Esto es GULA querido...y el hambre no siempre es de comida.

    ayyyyyyyyyyy Pobre Sally...

    ResponderEliminar
  12. Bufff tiene que pasar algo muy grande para que me caiga bien Otto. Me da igual que esté hambriento de lo que sea, me da repelús. Mucho.

    Si todavía os odio por lo de la pobre Sally.

    ResponderEliminar